Lucrecia Plat y Carlos Ginzburg en la Fotogalería Banco Ciudad

por Sebas Gallo

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Ayer estuvimos con Lulú y Martín en la Fotogalería Banco Ciudad del Teatro San Martín en Máxima Reserva, la muestra de Lucrecia Plat y Carlos Ginzburg, curada por Rosana Schoijett, Bruno Dubner y Ariel Authier. Tuvimos el placer de visitarla junto a Lucrecia quien contó sus anécdotas y procesos creativos. ¡Imperdible!

Les copiamos el texto curatorial:

MÁXIMA RESERVA

Las primeras vanguardias utilizaron la violencia y el impacto para combatir a las imágenes más tradicionales y a los espectadores más entumecidos.
Este accionar pronto fue absorbido por el pensamiento empresarial para transformarse en su razón de ser. La promesa de cambio constante, la rebeldía como un fin en si mismo, la reformulación permanente de la imagen, lo nuevo versus lo viejo, y tantas otras estrategias que formarían parte de su ideal, nacieron del shock vanguardista.
El pensamiento empresarial, a través de la publicidad, hurta la violencia de las vanguardias y junto a ella su aura destructora.
Ante este escenario un arte ultrajado combate a machetazos reclamando por la violencia propia. Despotrica contra el presente y anhela el pasado sin percatarse de que ya no hay vuelta atrás, porque con cada golpe que da fortalece a su bestia negra: La lucha contra la publicidad es aquello que la publicidad promociona.
Pero precisamente porque no propone lucha alguna, es el Pop quien re transforma mediante la mímesis de método a toda esta energía en arte.
¿Qué mejor que la glorificación del consumo utilizando hasta el paroxismo una orgía de técnicas publicitarias preexistentes para señalar la pesadilla?
Lejos de ser siempre el mismo derroche agotador de festividad y alegría, la imagen pop es una imagen de la pérdida y la contaminación. Se sustenta en el dolor de reconocer que en una instancia histórica las imágenes fueron sustraídas por la publicidad y que ahora gracias al pop retornan. Pero jamás puras, nunca indemnes, sino que, heridas, regresan sufriendo estrés post traumático.
Mientras atraganta con sus imágenes el Pop dice que el mundo es hermoso y que debe ser aceptado tal cual es. De allí proviene su sesgo revulsivo, siniestro y continuamente irritante (artistas Pop han sido blanco de disparos).
El Pop le devuelve al arte la violencia que el pensamiento empresarial le robó.
Lo atestiguan las instantáneas de Lucrecia Plat, quien utiliza los códigos más crudos de la fotografía social para exhibir boites, desfiles y cocktails entre otros espacios del placer porteño, casi todos repletos de sonrisas feroces como en una pintura de Jorge De La Vega.
También la foto de viaje en Carlos Ginzburg, donde es el artista mismo quien mira a cámara desde variados escenarios exóticos. Esta personificación de la alienación, desmontaje de la figura creadora inocente y ajena, constituye una parodia urticante del turismo de masas y su racismo solapado.
Tanto Plat como Ginzburg desnaturalizan los usos más convencionales de la fotografía profesional y amateur al tiempo que se valen de sus códigos más característicos para usarlos a favor de las obras.
Como en un campo de batalla donde los cadáveres se apilan unos sobre otros, las fotografías de Plat y Ginzburg cargan con tres instancias de la violencia: la original de las vanguardias, la acometida por la publicidad y la restitución a cargo del Pop.

Bruno Dubner

 

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